ACCIDENTES DE COSTA RICA

Accidentes de Transito y Noticias en carretera de todo Costa Rica y más…

Discurso del nuevo presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves #SomosACRnet

𝙋𝙤𝙧 𝘼𝙘𝙘𝙞𝙙𝙚𝙣𝙩𝙚𝙨𝙙𝙚𝙘𝙤𝙨𝙩𝙖𝙧𝙞𝙘𝙖.𝙣𝙚𝙩. Su Majestad y Excelentísimos Sras. y Sres. Jefes de Estado y de Gobierno,

Sra. Primera Dama, Signe Zeikate,

Excelentísimos Jefes de Delegación Internacional que nos acompañan y honran con su presencia,

Sr. Diputado Presidente de la Asamblea Legislativa, Sras. y Sres. Diputados,

Sr. Magistrado Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Sras. y Sres. Magistrados,

Sra. Magistrada Presidenta del Tribunal Supremo de Elecciones, Sras. y Sres. Magistrados,

Sr. Vicepresidente y Sra. Vicepresidenta de la República,

Sr. Miguel Ángel Rodríguez Echeverría y Sr. Carlos Alvarado Quesada, Expresidentes de la República,

Sra. Claudia Dobles Camargo, Ex Primera Dama de la República,

Sra. y Sr. Exvicepresidentes de la República,

Reverendísimo Arzobispo de San José y Sres. Obispos de la Conferencia Episcopal y Sres. De la Alianza Evangélica.

Sras. y Sres. ministros de Gobierno designados,

Excelentísimos miembros de Misiones Diplomáticas acreditadas en el país,

Sra. Contralora y Sr. Subcontralor General de la República,

Sras. y Sres. Viceministros de Gobierno designados,

Sr. Procurador General y Sra. Procuradora General Adjunta de la República,

Sras. Defensora y Defensora Adjunta de los Habitantes de la República,

Honorables representantes de Organismos Internacionales y Cónsules honorarios,

Sras. y Sres. Presidentes Ejecutivos de instituciones autónomas designados,

Representantes de los pueblos indígenas costarricenses que nos acompañan,

Costarricenses.

Con la solemnidad, gravedad y sentido de responsabilidad histórica que la época nos impone, me honro en recibir esta banda presidencial en tiempos de desafíos importantísimos, no solo para el futuro de nuestro país, sino para el destino mismo de la Humanidad. 

El pueblo costarricense, al elegirme, puso en mis manos la responsabilidad de conducir el destino patrio durante los próximos cuatro años.

Con reverencia y humildad digo: tienen y tendrán en mí, durante todo ese periodo, a un fiel Mandatario; es decir, a alguien que, a partir de este instante y hasta el 8 de mayo de 2026, aspirará, con todos mis esfuerzos a acatar a cabalidad el mandato de ustedes, cumplir y hacer que se cumpla la voluntad del Pueblo Soberano en todos los quehaceres del Estado, dentro del marco riguroso del Derecho que nos rige.

El momento que vivimos es crucial. Somos los llamados a realizar un cambio histórico.

Y ese llamado se impone con la fuerza de la voz del pueblo que demanda desde las urnas una enorme obligación a toda la clase política, lo que incluye, por supuesto, a los tres poderes de la República.

Es el momento de dejar atrás las viejas prácticas que tanto nos cobra, y con toda razón, el pueblo costarricense. Aquí no hay distingos entre oficialismo y oposición: si una vez más la clase política falla, el país se podría desmoronar.

Nos estamos viendo ante un espejo cuya imagen no nos gusta, porque nos presenta dos caras que no parecen conciliarse.

En ese espejo nos encontramos ante el rostro de un país cuyo nivel educativo había sido ejemplar en la región latinoamericana, pero cuya calidad de la educación se ha ido deteriorando, lo que compromete, a mediano y largo plazo, la prosperidad de nuestra nación. 

El Octavo Informe del Estado de la Educación nos ha confrontado con esa dolorosa imagen. La pandemia del Covid-19 causó un “apagón educativo” que cayó como un mazazo repentino sobre miles de niños, niñas y adolescentes.

Pero esto no hizo más que evidenciar las diferencias que ya existen entre las zonas rurales y urbanas, entre quienes gozaban de conectividad a Internet y

quienes no tenían acceso a la tecnología que les permitiera seguir asistiendo a la escuela o al colegio desde sus casas.

En resumen, los menos beneficiados y la clase más vulnerable de nuestra Patria.

No es casualidad que, en 2020, antes de la pandemia, cerca del 60% de las personas con edades entre los 18 y 22 años dijera no haber finalizado la secundaria.

Vemos en ese mismo espejo el rostro de la gente trabajadora, de gente que se ha preocupado por formarse con la esperanza de que sus familias tengan el nivel de vida que anhelan, que se merecen, o que, a pesar de no contar con estudios formales, han utilizado su ingenio y su capacidad de trabajo para salir adelante.

Pero al mismo tiempo es el rostro de cientos de miles de personas que ven acabar el día sin un empleo con el cual enfrentarse a las necesidades personales de la mañana siguiente. Es también el rostro de casi un millón de personas atrapadas en el empleo informal.

Es un país cuyo suelo tiene la capacidad de alimentarnos a todos y a todas, pero es también un país donde el hambre se posa en la mesa de cientos de

miles de personas, que no ganan lo suficiente ni siquiera para comprar los alimentos de la canasta básica. 

Es un país cuya democracia bicentenaria, de comprobado arraigo en nuestra cultura cívica, ha cautivado a los pueblos del mundo. Pero a su vez, vemos en ese espejo en el que nos miramos, desapego y desconfianza de los partidos y la política tradicional, que no implica renuncia ni negación alguna a los valores democráticos, sino que, por el contrario, expresa el deseo de una vivencia más auténtica de la Democracia y supone una valoración más genuina y trascendente de sus prácticas fundamentales.

La imagen reflejada es la de un país que, a lo largo de las décadas, ha construido una institucionalidad fuerte, robusta, pero que durante los últimos años ha visto, con vergüenza, con impotencia y con justo enojo, cómo las instituciones no han sabido brindar servicios públicos de calidad ni limpiar sus estructuras del lastre infame de la corrupción.

Las indignantes listas de espera de la Caja Costarricense de Seguro Social, las que por años han sometido a miles de costarricenses, no solo es una violación sistemática al derecho a la salud, sino que son humillantes y angustiantes para quienes la atención médica significa vida o muerte.

Ni los fallos de la Sala Constitucional han hecho mover los cimientos de la Caja.

Nos miramos con asombro en ese espejo porque no es la Costa Rica que deseamos.

No deseamos el país donde las calles nos gastan el reloj de la vida en presas interminables.

No deseamos el país de las zonas rurales que ven con tristeza y desamparo, a lo lejos, cómo las puertas del desarrollo y de la economía solo crecen en la zona central del país.

Este es el espejo en el que nos estamos mirando todos y todas, costarricenses.

Un espejo lleno de contradicciones, de sueños que se niegan a formar parte de nuestra realidad, de sueños que no tienen los zapatos para correr y mucho menos las alas para volar. 

Esas contradicciones son más que cifras en estudios académicos.

Son más que los alarmantes datos que, año tras año, nos da a conocer el Estado de la Nación.

Esas contradicciones nos duelen, nos lastiman.

Esas contradicciones hacen que la vida de nuestros ciudadanos sea más dura, más difícil de lo que debería ser en un país democrático, pacífico y rico como el nuestro.

Esas contradicciones duelen en el pan ausente sobre la mesa, duelen en los y las jóvenes que deben tomar la difícil decisión de dejar sus estudios para contribuir con el sustento familiar, o, peor aún, en los y las jóvenes que han caído en el agujero sin fondo de la drogadicción, o que han pasado a engrosar las filas del crimen organizado.

¿Seremos, compatriotas, capaces de hacer historia?

¿Seremos capaces de llevar realmente a Costa Rica hacia el futuro que merece?

¿Seremos capaces de hacer que las personas que habitan en este gran país vuelvan a soñar, y no solo a soñar, sino a tener la oportunidad de construir en realidad ese sueño?

Ese es el gran desafío que debemos vencer.

Sé muy bien que el reto parece durísimo. ¡Y lo es! Pero, compatriotas, no caigamos en la trampa de la desesperanza.

No nos dejemos vencer por la oscuridad que algunos han querido vendernos, como si quisieran hacernos pensar que el cambio y el progreso no son posibles.

Figuras prominentes de la clase política dirigente, con ligereza, y quizá como excusa para no haber tomado las decisiones que correspondía tomar, nos han hecho creer que Costa Rica es un país ingobernable.

¡No! No se trata de ingobernabilidad, sino de tomar las decisiones que son necesarias tomar, sin importar lo complejas y controversiales que puedan llegar a ser.

Es una cuestión también de valentía, aunque estas decisiones vayan en contra de los intereses de pequeños grupos, los que han utilizado su influencia y poder para beneficiarse por medio de políticas públicas que no han hecho más que disminuir el bienestar de la mayoría.

“La patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie”, nos dijo José Martí, con palabras que nos hablan no desde el pasado, sino desde una actualidad tremenda, desde la lucha permanente por el anhelo del bien común expresado en la voluntad ciudadana.

Tengo muy claro que si pongo por delante el faro de esa voluntad ciudadana nunca me perderé.

Si pongo por delante el camino que me han trazado cada uno de los hombres y mujeres que votaron por mí, y también quienes no lo hicieron, jamás usaré la excusa de que este país no puede gobernarse, porque la orden del pueblo es que gobierne.

Y que lo haga con liderazgo, con energía, con decisión, con humildad, pero, sobre todo, con la convicción de que cada una de mis decisiones y las de mi equipo tienen como guía una voluntad que ha hablado, que nos demanda, que nos exige actuar por el bien de la mayoría.

Digo esto, por supuesto, teniendo más presente que ninguno, que el cambio que exige el país no se trata de una ambición ni de un proyecto personal de un hombre llamado Rodrigo Chaves, sino del rescate de una democracia, y eso nos compete a todos.

En la extensa historia de más de 200 años de vida democrática del país, este posible accidente histórico, este, para muchos, impredecible revés de los órdenes políticos, viene a plantear la posibilidad de cambiar definitivamente el curso de nuestras vidas.

Como dijo Margeret Mead, “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo. De hecho, es lo único que lo ha logrado”.

Este cambio no puede ser alcanzado por la voluntad de una sola persona, sino por el carácter de los miles de costarricenses que, con su trabajo honrado y entrega incuestionable, construyen la patria día con día.

Costarricenses que han demostrado incontables veces la grandeza de su espíritu, al dejar en alto nuestro país en las disciplinas más variadas del deporte, en las formas más bellas del arte y en los más innovadores de los descubrimientos e investigaciones científicas.

Costarricenses que, desde las más diversas y complejas condiciones, el día de hoy procuran, con el mejor de sus esfuerzos, con la franqueza de sus acciones y el compromiso de sus labores, el sustento honrado de sus mesas y la modesta tranquilidad de sus familias.

Sé que en este momento muchos de estos valientes costarricenses deben estar viendo o escuchando este discurso desde sus hogares, preocupados más por el hambre que arremete contra sus cuerpos que por la posible virtud que puedan encontrar en las palabras de este servidor que hoy les habla.

Estoy consciente de que mi elocuencia debe ser la mejora de las condiciones de miles de costarricenses y no la belleza de un discurso.

Sé también que muchos otros, desencantados por el fantasma de las ilusiones incumplidas de gobiernos anteriores, no se tomarán la molestia de acompañar con oído atento las palabras sencillas de este hombre que hoy decidieron nombrar con tan alto honor.

A todos ustedes me dirijo y les digo, véanme como lo que soy, un instrumento humilde para cumplir con el mandato del pueblo, un pueblo que unido puede lograr el cambio inaplazable que nos impone la historia.

Vean en mí a un consejero, el cual, en el uso total de sus facultades, procurará no menos que lo mejor en la administración de este Gobierno que nos une a todos y a todas, y ninguna otra cosa más que un futuro de paz, dignidad y trabajo para las generaciones venideras.

Vean en mí un facilitador, quien por medio de un diálogo respetuoso y atento, buscará la conciliación de un pueblo que al día de hoy se encuentra dividido entre diputados, sindicatos, empresarios e instituciones que por años han minado el desarrollo los unos a los otros para obtener algún beneficio a costa de la mayoría.

Hoy les digo que la idea que nos quieren vender de una casa ordenada se esfuma ante la realidad del país.

¡La realidad es muy distinta y es una realidad que nos resulta innegable! Por más que algunos quieran continuar estafándonos.

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